Cumbres Borrascosas

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Los tres días de su ausencia se nos hicieron a todos muy largos, y la pequeña Cathy preguntaba a menudo cuándo volvería. La señora Earnshaw le esperaba el tercer día por la tarde a la hora de la cena, y la pospuso hora tras hora, pero no había señales de su llegada, y al fin los niños se cansaron de salir a la verja a mirar. Luego oscureció. Ella los hubiera acostado, pero los niños le rogaron desconsoladamente que les dejara quedarse levantados. Y justo a eso de las once, el picaporte de la puerta se levantó suavemente y entró el amo. Se echó en una silla, entre risas y gemidos, y les pidió a todos que se apartaran porque estaba medio muerto. No volvería a hacer semejante caminata ni por todo el oro del mundo.

—Y para colmo, me he llevado un susto de muerte —dijo, abriendo el sobretodo que tenía arrebujado en sus brazos—. ¡Mira, mujer! Nada en mi vida me ha impresionado tanto. Tienes que tomarlo como un don de Dios, aunque es tan moreno como si viniera del diablo.






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