Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Durante algunos días después de aquella noche el señor Heathcliff evitó reunirse con nosotros para comer, pero no quería excluir formalmente a Hareton y a Cathy. Sentía aversión a ceder a sus sentimientos de una manera tan completa por lo que prefirió ausentarse él, y comer una vez cada veinticuatro horas le pareció sustento suficiente.
Una noche, cuando todos estaban acostados, le oí bajar y salir por la puerta principal. No le oí volver y por la mañana vi que todavía se encontraba fuera. Estábamos entonces en abril. El tiempo era suave y cálido, la hierba estaba tan verde como los chaparrones y el sol podían ponerla, y los dos manzanos enanos junto a la tapia sur se hallaban en plena floración. Después de desayunar, Catherine insistió en que sacara una silla y me sentara con mi labor bajo los abetos en el extremo de la casa, y engatusó a Hareton, que estaba completamente recuperado de su accidente, para que cavara y arreglara su jardincito, que había trasladado a aquel rincón a causa de las quejas de Joseph. Yo estaba deleitándome cómodamente con la fragancia primaveral del ambiente y con el hermoso y suave azul del cielo, cuando mi señorita, que había ido corriendo hasta la verja a coger algunas raíces de prímulas para un macizo, volvió sólo con media carga y nos informó de que venía el señor Heathcliff.
