Cumbres Borrascosas

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Me quedé confusa. No sabía si sería una buena oportunidad para amonestarle un poco.

—No creo que sea bueno andar vagando al aire libre —observéen lugar de estar en la cama. En todo caso no es prudente en esta estación húmeda. Apostaría a que cogerá usted un fuerte catarro o una calentura… ¡ya tiene usted algo de eso!

—Nada que no pueda soportar —respondió—, y aun con el mayor placer, con tal de que me dejes solo. Entra ya y no me fastidies.

Obedecí y, al pasar, noté que respiraba tan de prisa como un gato.

«¡Sí! —reflexioné para mí—. Tendremos un brote de enfermedad. No puedo entender qué ha estado haciendo».

Aquel mediodía se sentó a comer con nosotros y recibió de mi mano un plato bien lleno, como si quisiera compensar su ayuno anterior.

—No tengo catarro ni fiebre, Nelly —observó, en alusión a mis palabras de la mañana—, y estoy dispuesto a hacer justicia a la comida que me das.


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