Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Cogió su cuchillo y su tenedor y, cuando iba a empezar a comer, pareció que de repente se le había quitado el apetito. Los dejó sobre la mesa, miró con ansiedad hacia la ventana, y luego se levantó y salió. Le vimos andar de un lado a otro del jardín mientras terminábamos nuestra comida, y Earnshaw dijo que iría a preguntarle por qué no comía, pues creía que le habíamos apenado de alguna manera.
—Bueno, ¿viene? —exclamó Catherine cuando volvió su primo.
—No —respondió—, pero no está enfadado. Parecía raro y contento de verdad. Sólo se impacientó porque le hablé dos veces. Entonces me dijo que viniera contigo. Le sorprendía que yo pudiera querer la compañía de ninguna otra persona.
Puse su plato en el guardafuegos para que se mantuviera caliente y volvió al cabo de una hora o dos, cuando la habitación estaba despejada, pero él de ningún modo más tranquilo. La misma expresión antinatural —porque era antinatural— de alegría bajo sus cejas negras, el mismo color exangüe, dejando ver los dientes, de vez en cuando, en una especie de sonrisa. Le temblaba el cuerpo, no como se tiembla de frío o de debilidad, sino como vibra una cuerda muy tensa… un intenso estremecimiento más que un temblor.
«Le preguntaré qué le pasa —pensé yo—, si no ¿quién se lo va a preguntar?».