Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Aquella tarde no volvió a abandonar la sala, ni nadie turbó su soledad, hasta que, a las ocho, juzgue conveniente, aunque no me lo mandara, llevarle una vela y la cena. Estaba apoyado en el antepecho de una ventana abierta, pero no mirando hacia afuera, sino con el rostro vuelto hacia la penumbra interior. El fuego se había quedado en cenizas. Llenaba la estancia el aire húmedo y templado de la tarde nublada y era tal el silencio que, no sólo se distinguía el murmullo del arroyo que bajaba hacia Gimmerton, sino sus ondas y gorgoteos sobre los guijarros, o entre las grandes piedras que no llegaba a cubrir. Solté una exclamación de disgusto al ver el fuego tan mortecino y empecé a cerrar las ventanas una tras otra, hasta que llegué a la suya.
—¿Cierro ésta? —pregunté para despertar su atención, pues no se movía.
La luz destelló en su rostro mientras yo hablaba. ¡Oh, señor Lockwood, no puedo expresar el terrible sobresalto que me dio aquella efímera visión! ¡Aquellos profundos ojos negros! ¡Aquella sonrisa y palidez espectral! A mí me pareció, no el señor Heathcliff, sino un duende y, aterrorizada, incliné la vela hacia la pared y me dejó a oscuras.
—Sí, ciérrala —respondió en la voz que me era familiar—. ¡Vaya, eso sí que es torpeza! ¿Por qué pones la vela horizontal? Corre a traer otra.