Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Salió adelante y el doctor afirmó que en gran parte se debía a mí y me alabó por mis cuidados. Me envanecí con sus elogios y me ablandé con la persona que era la causa de que los mereciera, y de ese modo Hindley perdió su último aliado. Aun así, yo no podía encariñarme con Heathcliff, y con frecuencia me preguntaba qué veía mi amo tan admirable en aquel crío hosco, que nunca, que yo recuerde, correspondió a su benevolencia con ningún signo de gratitud. No era insolente con su benefactor, sencillamente era insensible, aunque sabía muy bien el dominio que ejercía sobre su corazón, y era consciente de que no tenía más que decir una palabra para que toda la casa se viera obligada a doblegarse a sus deseos. Como ejemplo, recuerdo que el señor Earnshaw compró un par de potros en la feria del pueblo y dio uno a cada chico. Heathcliff escogió el más hermoso, pero pronto quedó cojo, y cuando él lo descubrió le dijo a Hindley:
—Tienes que cambiarme el caballo. El mío no me gusta. Si no quieres, le contaré a tu padre las tres palizas que me has dado esta semana y le enseñaré el brazo, que está negro hasta el hombro.
Hindley le sacó la lengua y le dio de bofetadas.
—Será mejor que lo hagas enseguida —insistió Heathcliff, escapando hacia el porche (estaban en la cuadra). Tendrás que hacerlo, porque si hablo de estos golpes los recibirás con creces.