Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas La buena mujer salió apresuradamente y yo me acurruqué más cerca del fuego. TenÃa la cabeza ardiendo y el resto del cuerpo helado. Además por culpa de los nervios y de la cabeza estaba excitado hasta el extremo del desvarÃo. Esto me hacÃa sentirme no incómodo, sino más bien temeroso (todavÃa lo estoy) de las graves consecuencias que los incidentes de ayer y de hoy pudieran tener. Volvió al poco rato con un tazón humeante y una cesta de costura y, después de colocar el primero en la repisa de la chimenea, acercó su asiento, visiblemente satisfecha de encontrarme tan sociable.
—Antes de que yo viniera a vivir aquà —comenzó su historia sin esperar más invitación—, estaba casi siempre en Cumbres Borrascosas, porque mi madre habÃa criado al señor Hindley Earnshaw, el padre de Hareton, y yo acostumbraba a jugar con los niños. También hacÃa recados, ayudaba a recoger el heno, y andaba por la granja dispuesta a hacer lo que me mandaran. Una hermosa mañana de verano —recuerdo que era al principio de la siega—, el señor Earnshaw, mi viejo amo, bajó vestido de viaje y, después de decirle a Joseph lo que habÃa que hacer durante el dÃa, se volvió a Hindley, a Cathy y a mà —pues yo estaba tomando mis gachas de avena con ellos—, y le habló asà a su hijo: