Cumbres Borrascosas

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—Bueno, mi querido jovencito, hoy me voy a Liverpool, ¿qué quieres que te traiga? Puedes escoger lo que quieras, sólo que sea pequeño, porque voy a ir y volver a pie: sesenta millas de ida y otras tantas de vuelta, ¡es un buen trecho!

Hindley pidió un violín, luego se dirigió a Cathy, que apenas tenía seis años, pero ya podía montar cualquier caballo del establo, y pidió un látigo. No se olvidó de mí, pues tenía buen corazón, aunque a veces era un poco severo. Me prometió traerme un saquito lleno de manzanas y peras, luego dio a los niños un beso de despedida, y se marchó.

Los tres días de su ausencia se nos hicieron a todos muy largos, y la pequeña Cathy preguntaba a menudo cuándo volvería. La señora Earnshaw le esperaba el tercer día por la tarde a la hora de la cena, y la pospuso hora tras hora, pero no había señales de su llegada, y al fin los niños se cansaron de salir a la verja a mirar. Luego oscureció. Ella los hubiera acostado, pero los niños le rogaron desconsoladamente que les dejara quedarse levantados. Y justo a eso de las once, el picaporte de la puerta se levantó suavemente y entró el amo. Se echó en una silla, entre risas y gemidos, y les pidió a todos que se apartaran porque estaba medio muerto. No volvería a hacer semejante caminata ni por todo el oro del mundo.


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