Cumbres Borrascosas

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Hindley y Catherine se contentaron con mirar y escuchar hasta que se restableció la paz, entonces empezaron a buscar en los bolsillos de su padre los regalos que les había prometido. El primero era ya un chico de catorce años, pero cuando sacó lo que había sido un violín, hecho añicos dentro del sobretodo, se echó a llorar a gritos, y Cathy, cuando supo que su padre había perdido el látigo por atender al desconocido, expresó su mal humor haciendo muecas y escupiendo a la estúpida criatura, lo que le valió un sonoro bofetón de su padre para que aprendiera mejores modales. Se negaron en redondo a que compartiera con ellos la cama, ni siquiera la habitación, y yo no tuve mayor juicio y lo puse en el rellano de la escalera, esperando que a la mañana siguiente se habría ido. Por casualidad, o atraído por la voz del señor Earnshaw, se deslizó hasta su puerta y éste se lo encontró al salir de la habitación. Se hicieron averiguaciones de cómo había llegado allí. Me vi obligada a confesar, y en recompensa a mi cobardía y crueldad me echaron de la casa.







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