Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Bueno, el señor Earnshaw no entendía las bromas de sus hijos. Había sido siempre estricto y serio con ellos y Catherine, por su parte, no tenía idea de por qué su padre tenía peor humor y menos paciencia ahora, enfermo, que en su juventud. Sus desagradables reproches despertaban en ella el maligno placer de provocarle. Nunca era más feliz que cuando todos la reñíamos a un tiempo, desafiándonos ella con su mirada insolente y descarada, y su presta lengua, ridiculizando las religiosas maldiciones de Joseph, importunándome a mí, y haciendo precisamente lo que más molestaba a su padre: demostrar cómo su pretendida insolencia, que él creía auténtica, tenía más poder sobre Heathcliff que su cariño, cómo el chico hacía todo lo que ella le decía, pero cumplía los mandatos del amo sólo cuando le venía en gana. Después de haberse portado lo peor posible todo el día, a veces venía zalamera por la noche a hacer las paces.
—No, Cathy —decía el anciano—, no te puedo querer, eres peor que tu hermano. Vete y reza tus oraciones, hija, y pídele perdón a Dios. No sé si tu madre y yo no tendremos que lamentar haberte traído al mundo.
Esto le hacía llorar al principio, pero luego el ser rechazada continuamente la endureció y se reía cuando se le mandaba arrepentirse de sus faltas y pedir que se la perdonara.