Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Luego empezó a describir con una emoción histérica el efecto que le producía la vista del luto. Se sobrecogía y temblaba y al fin se echó a llorar… y cuando le pregunté qué le pasaba, me respondió que no lo sabía, pero que ¡tenía tanto miedo a morirse! A mí me pareció que estaba tan para morirse como yo. Era un tanto delgada, pero joven y de tez fresca y los ojos le brillaban como diamantes. Noté, desde luego, que cuando subía las escaleras la respiración se le hacía muy rápida, que el menor ruido repentino la sobresaltaba, y que a veces tosía de forma alarmante. Pero no tenía ni idea de lo que esos síntomas presagiaban y no me sentí inclinada a simpatizar con ella. Aquí, señor Lockwood, por lo general no nos encariñamos con los extraños a menos que se encariñen primero ellos con nosotros.
El joven Earnshaw había cambiado mucho en los tres años de ausencia. Había adelgazado y perdido el color, y hablaba y vestía de forma muy distinta. El mismo día de su regreso nos dijo a Joseph y a mí que en adelante debíamos establecernos en la cocina y dejar la sala para él. Incluso hubiera alfombrado y empapelado una pequeña habitación disponible como saloncito, pero su mujer mostró tanto entusiasmo por el suelo blanco, la enorme chimenea resplandeciente, los platos de peltre, el armario de la porcelana, la perrera y el amplio espacio que había para moverse, donde estaban habitualmente, que lo creyó innecesario para la comodidad de su mujer y abandonó la idea.