Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Es cierto que ella tenía una manera de ser que no he visto nunca en una niña, y nos hacía perder la paciencia más de cincuenta veces al día. Desde el momento en que bajaba hasta que se iba a la cama, no podíamos estar seguros, ni un minuto, de que no estuviera haciendo alguna travesura. Su espíritu estaba en continua tensión, su lengua siempre suelta, cantando, riendo, o fastidiando al que no hiciera lo mismo que ella. Una chiquilla salvaje y malvada es lo que era, pero tenía los ojos más bonitos, la sonrisa más dulce y los pies más ligeros de toda la parroquia. Y después de todo, creo que no tenía mala intención, porque una vez que conseguía hacer llorar a alguien en serio, era raro que no le hiciera compañía, obligándole a calmarse para poder consolarse. Estaba demasiado encariñada con Heathcliff. Separarla de él era el mayor castigo que se le podía imponer, y eso que la regañaban por su culpa más que a ninguno de nosotros. En el juego le encantaba hacer de señora, dando órdenes a sus compañeros y pegándoles: eso mismo hizo conmigo, pero yo no toleraba ni cachetes, ni órdenes, y así se lo dije.






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