Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Un escalón nos condujo a la sala de estar de la familia sin ningún vestíbulo o pasillo introductorio: aquí lo llaman, por antonomasia, la casa. Incluye, en general, la cocina y la sala, pero creo que en Cumbres Borrascosas la cocina se ha visto obligada a retirarse a otra parte. Al menos yo oí con claridad parloteos y ruido de cacharros de cocina que venían de muy al fondo, y no observé señal alguna de asar, hervir u hornear en la enorme chimenea, ni ningún brillo de cacerolas de cobre o coladores de hojalata en las paredes. Bien es verdad que un extremo reflejaba espléndidamente tanto la luz como el calor de las hileras de inmensas fuentes de peltre entremezcladas con jarritas de plata y grandes jarras, que ascendían, hilera tras hilera, en un enorme aparador de roble hasta el mismo techo. Este último no había sido revocado nunca y toda su anatomía yacía desnuda para las miradas curiosas, excepto donde la ocultaba un bastidor de madera cargado de tortas de avena, de ristras de jamones y de piernas de vaca y de cordero. Sobre la chimenea había varias escopetas viejas y espantosas y un par de pistolas de arzón y, a manera de adorno, tres botes de colores chillones colocados en la repisa. El suelo era de piedra blanca y lisa; las sillas de respaldo alto, de forma anticuada y pintadas de verde, con una o dos, negras y pesadas, ocultas en la sombra. En un arco bajo el aparador reposaba una enorme perra pointer de color pardo rojizo, rodeada de una camada de cachorros que chillaban, y diversos perros ocupaban otros rincones.
