Cumbres Borrascosas

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El aposento y los muebles no tendrían nada de extraordinario si hubiesen pertenecido a un sencillo labrador del norte de terco semblante y de robustos miembros realzados por los pantalones bombachos y las polainas. A ese tipo de individuos, sentados en su sillón, ante la jarra de espumante cerveza sobre la mesa redonda, se les puede ver a cinco o seis millas a la redonda por estas colinas, si se va a la hora oportuna después de comer. Pero el señor Heathcliff constituye un raro contraste con su vivienda y estilo de vida. Tiene el aspecto de un gitano de piel oscura, y el vestir y los modales de un caballero, es decir, tan caballero como muchos hacendados, algo descuidado quizá, pero no mal parecido en su dejadez, porque su figura es erguida y atractiva, y un tanto taciturna. Puede que algunos le atribuyan cierto orgullo de mala educación, pero siento en mi interior una veta de simpatía que me dice que no hay nada de eso. Sé por instinto que su reserva procede de una aversión a las exhibiciones extravagantes de los sentimientos… a las manifestaciones de mutua amabilidad. Amará y odiará con igual secreto y considerará una impertinencia ser, a su vez, amado u odiado. No, voy demasiado rápido, le estoy atribuyendo, con demasiada liberalidad, mis propias cualidades. El señor Heathcliff puede tener razones completamente distintas a las que me mueven a mí para no dar la mano cuando se encuentra con un posible amigo. Espero que mi carácter sea casi exclusivo: mi querida madre acostumbraba a decir que nunca llegaría a tener un hogar acogedor y ya el verano pasado demostré que era totalmente indigno de tenerlo.


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