Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Cuando disfrutaba de un mes de buen tiempo a la orilla del mar, conocà a la criatura más fascinante, una auténtica diosa a mis ojos en tanto no reparó en mÃ. Yo «nunca le declaré mi amor[19]» con palabras, pero, si las miradas hablan, el más idiota podÃa haber adivinado que estaba loco por ella. Me comprendió al fin y me devolvió la mirada… la más dulce que se pueda imaginar. ¿Y qué hice yo? Lo confieso con vergüenza: me encogà glacialmente dentro de mà como un caracol. A cada mirada me encogÃa más y con mayor frialdad, hasta que, al fin, la pobre inocente tuvo que dudar de sus propios sentidos y, abrumada de confusión ante su supuesto error, convenció a su mamá para que levantaran el campo. Esta rara peculiaridad de mi carácter me ha granjeado la reputación de frialdad deliberada. Sólo yo puedo comprender lo injusta que es.
Tomé asiento en el extremo de la chimenea opuesto a aquél hacia el que se dirigÃa mi casero y llené un intervalo de silencio tratando de acariciar a la canina madre, que habÃa dejado sus crÃas y se acercaba sigilosa y voraz como una loba a la parte posterior de mis piernas, con el hocico encrespado y sus blancos dientes haciéndose agua por dar una dentellada. Mi caricia provocó un prolongado gruñido gutural.
—Mejor será que deje a la perra en paz —gruñó al unÃsono el señor Heathcliff, impidiendo con un puntapié demostraciones más feroces—. No está acostumbrada a que la mimen, ni la tenemos de mascota.