Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Luego, dirigiéndose a grandes zancadas a una puerta lateral gritó de nuevo:
—¡Joseph!
Joseph rezongaba confusamente en las profundidades de la bodega, pero no daba señales de subir, asà que el amo se lanzó escaleras abajo en su busca, dejándome vis-à -vis con la brutal perra y con un par de perros pastores peludos y adustos que compartÃan con ella una celosa vigilancia sobre todos mis movimientos. Como no tenÃa ninguna gana de entrar en contacto con sus colmillos, me quedé quieto, pero imaginándome que difÃcilmente entenderÃan insultos tácitos me permitÃ, por desgracia, guiñar y hacer muecas al trÃo, y alguno de los cambios de mi fisonomÃa irritó de tal manera a la dama que se enfureció de repente y saltó a mis rodillas. La rechacé y me apresuré a interponer la mesa entre nosotros. Este procedimiento alborotó a toda la manada: media docena de demonios de cuatro patas, de diversos tamaños y edades, salieron de ocultas guaridas hacia el centro común. Noté que mis talones y los faldones de mi levita eran los objetos especÃficos del asalto y, defendiéndome de los atacantes más voluminosos lo más eficazmente que pude con el atizador, me vi obligado a pedir a gritos socorro de alguien de la casa para que restableciera la paz.