Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Joseph rezongaba confusamente en las profundidades de la bodega, pero no daba señales de subir, así que el amo se lanzó escaleras abajo en su busca, dejándome vis-à-vis con la brutal perra y con un par de perros pastores peludos y adustos que compartían con ella una celosa vigilancia sobre todos mis movimientos. Como no tenía ninguna gana de entrar en contacto con sus colmillos, me quedé quieto, pero imaginándome que difícilmente entenderían insultos tácitos me permití, por desgracia, guiñar y hacer muecas al trío, y alguno de los cambios de mi fisonomía irritó de tal manera a la dama que se enfureció de repente y saltó a mis rodillas. La rechacé y me apresuré a interponer la mesa entre nosotros. Este procedimiento alborotó a toda la manada: media docena de demonios de cuatro patas, de diversos tamaños y edades, salieron de ocultas guaridas hacia el centro común. Noté que mis talones y los faldones de mi levita eran los objetos específicos del asalto y, defendiéndome de los atacantes más voluminosos lo más eficazmente que pude con el atizador, me vi obligado a pedir a gritos socorro de alguien de la casa para que restableciera la paz.