Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas El señor Heathcliff y su criado subieron los peldaños de la bodega con una flema irritante. No creo que se movieran ni un segundo más deprisa de lo acostumbrado, aunque la sala era toda una tempestad de ataques y aullidos. Por fortuna, alguien de la cocina se dio más prisa. Era una mujer robusta, con la falda arremangada, los brazos desnudos y las mejillas encendidas, que se lanzó entre nosotros blandiendo una sartén, y utilizó ese arma y su lengua con tanta determinación, que la tormenta remitió como por encanto, y sólo quedaba ella, agitándose como el mar después de un huracán, cuando su amo entró en escena.
—¿Qué diablos pasa? —preguntó, mirándome de tal manera que apenas si lo pude soportar, después de tan inhóspito trato.
—Eso, ¡qué demonios! —refunfuñé—, la piara de cerdos endemoniados no pudo haber albergado en su interior peores espÃritus que estos animales suyos, señor. ¡De igual modo podÃa dejar a un extraño con una manada de tigres!
—No se meten con las personas que no tocan nada —observó, poniendo la botella delante de mà y restableciendo la desplazada mesa a su sitio—. Los perros hacen bien en vigilar. ¿Un vaso de vino?
—No, gracias.
—No le han mordido, ¿verdad?