Cumbres Borrascosas

Cumbres Borrascosas

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Yo uní mi ruidoso y amargo llanto al suyo, pero Joseph nos preguntó en qué estábamos pensando al gritar de ese modo por un santo que ya estaba en el cielo. Me mandó que me pusiera el abrigo y fuera corriendo a Gimmerton en busca del médico y del párroco. No pude comprender de qué iban a servir entonces ni el uno ni el otro. Fui, sin embargo, a pesar del viento y la lluvia, y traje conmigo a uno, al doctor, el otro dijo que vendría por la mañana. Dejando a Joseph que explicara lo sucedido, corrí a la habitación de los niños. Tenían la puerta entreabierta y vi que no se habían acostado todavía, aunque era pasada la medianoche, pero estaban más tranquilos y no necesitaban que yo les consolara. Los pobres se consolaban el uno al otro con pensamientos mejores que los que se me hubieran ocurrido a mí. Ningún sacerdote del mundo pintó jamás el cielo de forma tan hermosa como lo hacían ellos en su inocente charla, y mientras sollozaba y escuchaba, no pude por menos de desear que ya estuviéramos allí todos juntos y a salvo.







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