Cumbres Borrascosas

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—¡Vaya, qué aspecto más negro y enfadado tienes! ¡Y qué… qué raro y adusto! Pero es porque estoy acostumbrada a Edgar e Isabella Linton. Bueno, Heathcliff, ¿te has olvidado de mí? Tenía cierta razón para hacer esa pregunta porque la vergüenza y el orgullo le ensombrecían doblemente el semblante y lo mantenían paralizado.

—Dale la mano, Heathcliff —dijo el señor Earnshaw, condescendiente—, por una vez está permitido.

—No quiero —replicó el muchacho, recobrando al fin el habla—. ¡No consentiré que se rían de mí, no lo aguantaré!

Y se hubiera marchado del círculo, pero Cathy le cogió de nuevo.

—No pretendía reírme de ti —dijo ella—. No pude evitarlo. Heathcliff, dame la mano, al menos. ¿Por qué estás enfadado? Sólo era que tenías un aspecto raro. Si te lavas la cara y te peinas estarás muy bien. ¡Pero estás tan sucio!

Miró con inquietud aquellos dedos morenos que tenía entre los suyos y también su vestido, que se temía que no había ganado ningún adorno en contacto con el de él.

—No tenías por qué tocarme —respondió él, siguiendo su mirada y retirando bruscamente la mano—. Estaré tan sucio como me dé la gana. Me gusta estar sucio y lo estaré.


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