Cumbres Borrascosas

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»Empecé otra vez con mis maldiciones —no te enfades, Nelly— así que ordenaron a Robert que me echara. Yo me negué a marcharme sin Cathy. Me arrastró al jardín, me puso el farol en la mano, me aseguró que informaría al señor Earnshaw de mi conducta y, ordenándome que me fuera inmediatamente, cerró de nuevo la puerta. Las cortinas estaban aún recogidas a un lado y yo volví a mi puesto de espionaje, porque, si Catherine hubiera querido volver, tenía la intención de hacer un millón de pedazos los grandes cristales de la ventana, si no la dejaban salir. Estaba sentada tranquilamente en el sofá. La señora Linton le quitó la capa gris de la lechera que habíamos cogido para nuestra excursión, moviendo la cabeza y supongo que regañándola. Ella era una señorita y distinguían bien entre el trato que le correspondía a ella y a mí. Luego la criada trajo una palangana de agua caliente y le lavó los pies. El señor Linton le preparó un vaso de ponche, Isabella le puso en la falda una bandeja de pasteles, y Edgar la miraba boquiabierto a cierta distancia. Luego le secaron y peinaron el hermoso pelo, le dieron un par de zapatillas enormes y la acercaron al fuego. La dejé tan contenta, compartiendo su comida con el perrito y con Skulker, al que pellizcaba el hocico mientras comía, y encendiendo una chispa de espíritu en los inexpresivos ojos azules de los Linton, un vago reflejo de su rostro encantador. Los vi llenos de una admiración estúpida. Ella es tan inmensamente superior a ellos… a todo el mundo, ¿no es verdad, Nelly?


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