Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Cathy se quedó en la Granja de los Tordos cinco semanas, hasta Navidad. Para entonces su tobillo se había curado del todo y sus modales habían mejorado mucho. La señora la visitó a menudo en ese intervalo y empezó su plan de reforma, tratando de estimular su amor propio con vestidos elegantes y halagos, que ella aceptaba de buena gana. Así que en lugar de irrumpir en la casa una pequeña salvaje alocada y sin sombrero, que corría a estrujarnos hasta dejarnos sin aliento, se apeó de un bonito poni negro una persona muy digna, con rizos castaños cayendo de un sombrero de fieltro con plumas, y con un largo abrigo de montar de paño, que tenía que sujetar con las dos manos para poder entrar. Hindley la desmontó del caballo, exclamando encantado:
—¡Vaya, Cathy, eres toda una belleza! Casi no te hubiera conocido. Ahora sí que pareces una señorita. Isabella Linton no se puede comparar con ella, ¿verdad, Frances?
—Isabella no tiene sus dotes naturales —replicó su esposa—, pero tiene que procurar no volver a convertirse en una salvaje otra vez aquí. Ellen, ayude a la señorita Catherine a quitarse la ropa… Espera, querida, vas a deshacerte los rizos… Deja que te desate el sombrero.
