Cumbres Borrascosas
Cumbres Borrascosas Le quité el abrigo de montar y apareció resplandeciente en un magnífico vestido de seda a cuadros, pantalones blancos y zapatos de charol; aunque los ojos le chispeaban de alegría cuando los perros vinieron saltando a darle la bienvenida, apenas se atrevió a tocarlos no fueran a estropearle los espléndidos vestidos con sus zalamerías. Me dio un beso amablemente, pues yo estaba llena de harina haciendo la tarta de Navidad y no hubiera sido oportuno darme un abrazo. Luego miró en busca de Heathcliff. El señor y la señora Earnshaw vigilaban con ansia su encuentro pensando que les permitiría, en cierta medida, juzgar las razones que tenían para abrigar el éxito en la separación de los dos amigos.
Al principio fue difícil encontrar a Heathcliff. Si antes de la ausencia de Catherine no se cuidaba ni los demás se ocupaban de él, había sido diez veces peor desde entonces. Nadie más que yo tuvo la bondad de llamarle sucio y decirle que se lavara una vez por semana. Los niños de su edad rara vez encuentran un placer espontáneo en el agua y el jabón. Por tanto, tenía la superficie de la cara y de las manos tremendamente ennegrecida, por no hablar de sus ropas que llevaban tres meses de servicio entre el barro y el polvo y el pelo áspero y sin peinar. Bien podía haberse escondido detrás del banco al ver entrar en la casa tan radiante y agraciada damisela en vez de la desgreñada réplica de sí mismo que esperaba.