El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—¿Y qué hago contigo ahora? —preguntó el filibustero.

La piel del conserje adquirió un color como de tifus, sus ojos parecían los de un cadáver. Y tuvo la sensación de que una pañoleta de seda roja, de fuego, cubría repentinamente el cabello negro, con raya, de su jefe. Incluso el plastrón y el frac desaparecieron, y sobresalía de un ancho cinturón de cuero el mango de una pistola. El conserje se vio a sí mismo colgado de una verga. Se vio con la lengua fuera, la cabeza inerte, caída sobre un hombro, y hasta llegó a oír las olas rompiendo contra el barco. Se le doblaban las piernas. El filibustero se apiadó de él, se apagó su mirada aguda.

—Escucha, Nikolái, ¡que sea la última vez! Ni regalados nos interesan conserjes como tú. ¡Vete de guardián a una iglesia! —y al decir esto el comandante le ordenó con rápidas y precisas palabras—: Llamas a Panteléi del bar. A un miliciano. El informe, un coche. Y al manicomio. —Y luego añadió—: Silba.

Un cuarto de hora después el asombradísimo público, no sólo el del restaurante, sino también la gente del bulevar y de las ventanas de los edificios que daban al patio del restaurante, veía salir del portal de Griboyédov a Panteléi, el conserje, a un miliciano, un camarero y al poeta Riujin, que llevaban a un joven fajado como un muñeco, que lloraba a lágrima viva y escupía a Riujin precisamente, gritando a todo pulmón:


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