El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Éste, Riujin —contestó Iván señalando con un dedo a Riujin.
El interpelado explotó de indignación.
«En vez de agradecérmelo —pensó con amargura—, encima de tomarme interés. ¡Es un puerco!»
—Por su psicologÃa es un cacique tÃpico —siguió Iván Nicoláyevich, que se sentÃa inspirado para desenmascarar a Riujin—, y además un cacique que trata de disfrazarse de proletario con mucha astucia. FÃjese en la agria expresión de su cara y compárela con los rimbombantes versos que ha compuesto… ja, ja. ¡MÃrele, mÃrele por dentro! ¡Qué estará pensando!… ¡Se quedarÃa usted boquiabierto! —E Iván soltó una carcajada siniestra.
Riujin se habÃa puesto rojo, sofocado, y sólo pensaba que habÃa criado un cuervo y que se habÃa interesado por alguien que a la hora de la verdad resultó ser un enemigo encarnizado. Y, sobre todo, que no podÃa hacer nada: ¡no hay posibilidad de discusión con un loco!
—¿Y por qué le han traÃdo aquÃ? —preguntó el médico, después de haber escuchado atentamente las recriminaciones de Desamparado.
—¡Estos imbéciles! ¡Que se vayan todos al cuerno! Me sujetaron, me ataron con unos trapos y me arrastraron hasta aquà en un camión.