El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Intoxicado por aquel ataque de neurastenia, el poeta se tambaleó, el suelo dejó de moverse bajo sus pies. Levantó la cabeza y se dio cuenta de que hacía mucho rato que estaba en Moscú. Había amanecido, se veía una nube dorada y el camión estaba atascado en una larga hilera de coches a la vuelta de un bulevar. Casi allí mismo, encima de un pedestal, había un hombre metálico con la cabeza un poco inclinada que miraba indiferente el bulevar[7].
Le invadieron unos extraños pensamientos. Se sentía enfermo. «Éste es un ejemplo de lo que es tener suerte» —Riujin se incorporó en la caja del camión y levantó la mano amenazando a la figura de hierro fundido que no se metía con nadie—. Cualquier movimiento que hiciera, cualquier cosa que le ocurriera, de todo sacaba provecho, todo contribuyó a su fama. Pero, en realidad ¿qué ha hecho? No lo entiendo… ¿Habrá algo especial en esas palabras: «La tormenta y la niebla…»?[8]. «¡No lo entiendo! ¡Suerte es lo que tuvo! ¡Nada más que suerte!» —concluyó mordaz.
Riujin notó que el camión se movía bajo sus pies. «Fue el disparo de aquel oficial zarista que le atravesó la cadera y le aseguró la inmortalidad…»[9].