El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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La hilera de automóviles se puso en marcha. Dos minutos más tarde el poeta, completamente enfermo, hasta envejecido, entraba en la ya desierta terraza de Griboyédov. En un rincón terminaban su velada un grupo de juerguistas. En el centro mantenía la atención un conocido suyo, animador y presentador de revistas, que llevaba en la cabeza un gorrito oriental y sostenía en la mano una copa de vino «Abrau».

Archibaldo Archibáldovich recibió con mucha amabilidad a Riujin, que cargaba con las toallas, y en seguida le liberó de los dichosos trapos. Si Riujin no hubiera estado tan deshecho por la visita al sanatorio y el viaje en camión, habría experimentado una gran satisfacción contando lo sucedido y decorándolo con detalles inventados. Pero no estaba de humor. Riujin era poco observador, pero a pesar de ello y de la tortura del viaje en camión, comprendió, nada más mirar al pirata con atención, que aunque éste hubiera hecho algunas preguntas y exclamaciones tales como «¡Ay! ¡Ay!», no le preocupaba en absoluto lo que hubiera pasado a Desamparado. «Así me gusta. ¡Me alegro!», pensaba con humillante y furioso cinismo el poeta, y añadió interrumpiendo la historia de la esquizofrenia:

—Archibaldo Archibáldovich, ¿me da una copita de vodka?

El pirata puso cara de pena y le susurró:


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