El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Ya comprendo…, ahora mismo —e hizo una seña al camarero.
Un cuarto de hora más tarde Riujin estaba encorvado sobre una copa, bebiendo una tras otra, completamente solo. ComprendÃa, y se resignaba a ello, que su vida ya no tenÃa arreglo; lo único que podÃa hacer era olvidar.
El poeta habÃa perdido la noche, mientras los demás estaban de juerga, y ahora comprendÃa que no podÃa hacerla volver. Bastaba levantar la cabeza, de la lamparita hacia el cielo, para darse cuenta de que la noche habÃa terminado irremediablemente. Los camareros, con mucha prisa, tiraban al suelo los manteles de las mesas. Los gatos que rondaban la terraza tenÃan aspecto mañanero. Era irrevocable. Al poeta se le echaba el dÃa encima.