El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Si alguien le hubiera dicho a Stiopa esta mañana: «Stiopa, levántate ahora mismo o te fusilarán», seguro que habría respondido con voz muy lánguida y apenas perceptible: «Podéis fusilarme o hacer lo que queráis de mí, porque no me levanto».
Y no ya levantarse, ni siquiera abrir los ojos podría. Se le ocurría que al abrirlos se encendería un relámpago y su cabeza estallaría en pedacitos. Una pesada campana repetía monótona en su cabeza, y entre el globo del ojo y el párpado cerrado le bailaban unas manchas marrones con cenefas rabiosamente verdes. Y por si esto fuera poco sentía unas náuseas que parecían estar relacionadas con el machacante ritmo de un gramófono.
Trataba de recordar. La noche anterior le parecía haber estado… ¿dónde?, no lo sabía; ¡sí!, tenía una servilleta en la mano, intentaba besar a una señora; al día siguiente la iba a ver, le anunciaba. Ella se negaba diciendo: «No, no vaya. No estaré en casa», y él insistía: «Pues voy a ir de todos modos». Era lo único que le venía a la memoria.