El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Un domingo se presentó en el piso un miliciano, hizo salir al vestíbulo al segundo inquilino (cuyo apellido desconocemos) y dijo que tenía que ir a la comisaría un minuto para firmar algo. El inquilino ordenó a Anfisa, la fiel anciana servidora de Ana Frántsevna, que si le llamaban por teléfono, dijera que volvería a los diez minutos, y se fue con el correcto miliciano de guantes blancos. Pero no sólo no volvió a los diez minutos, sino que no volvió nunca más. Lo sorprendente es que, por lo visto, el miliciano desapareció con él.

Anfisa, que era muy beata, o mejor dicho supersticiosa, explicó sin rodeos a la disgustada Ana Frántsevna que se trataba de un maleficio, que sabía perfectamente quién se había llevado al huésped y al miliciano y que no quería decirlo porque era de noche.

Pero, como todos sabemos, cuando un maleficio aparece, ya no hay modo de contenerlo. Según tengo entendido, el segundo huésped desapareció el lunes, y el miércoles le tocó el turno a Belomut, aunque de manera diferente. Como era costumbre, aquella mañana se presentó un coche para llevarle al trabajo. Y se lo llevó, pero nunca lo trajo de vuelta y nunca más volvió a aparecer el coche.


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