El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Del mismo espejo salió un hombre pequeño, pero extraordinariamente ancho de hombros, con un sombrero hongo y un colmillo que se le salÃa de la boca, lo que desfiguraba el rostro ya de por sà horriblemente repulsivo. Además, tenÃa el pelo del mismo color rojo que el fuego.
—Yo —intervino en la conversación este nuevo individuo— no puedo entender cómo ha llegado a director —y el pelirrojo hablaba con una voz cada vez más gangosa—. Es tan capaz de dirigir como yo de ser obispo.
—Tú, desde luego, no tienes mucho de obispo, Asaselo[11]—habló el gato, sirviéndose unas salchichas en un plato.
—Precisamente eso es lo que estaba diciendo —gangueó el pelirrojo, y volviéndose con mucho respeto a Voland, añadió—: ¿Me permite, messere, que le eche de Moscú y le mande al infierno?
—¡Zape! —vociferó el gato, con los pelos de punta.
Empezó a girar la habitación en torno de Stiopa, que se golpeó la cabeza con la puerta y pensó, a punto de perder el conocimiento: «Me estoy muriendo…».