El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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La luz del dormitorio, débil de por sí, se oscureció aún más ante los ojos de Stiopa. «Así es como uno se vuelve loco», pensó, agarrándose al marco de la puerta.

—Veo que está usted algo sorprendido, queridísimo Stepán Bogdánovich —le dijo Voland a Stiopa, al que le rechinaban los dientes—. Le aseguro que no hay por qué extrañarse. Éste es mi séquito.

El gato se bebió el vodka y la mano de Stiopa comenzó a deslizarse por el marco.

—Y como el séquito necesita espacio —seguía Voland—, alguien de los presentes sobra en esta casa. Y me parece que el que sobra es usted.

—Aquello, aquello —intervino con voz de cabra el tipo largo de los cuadros, refiriéndose a Stiopa—, últimamente está haciendo muchas inconveniencias. Se emborracha, tiene líos con mujeres aprovechándose de su situación, no da golpe y no puede hacer nada porque no tiene ni idea de lo que se trae entre manos. Y les toma el pelo a sus jefes.

—Se pasea en el coche oficial de su organización —sopló el gato, masticando la seta.

Entonces apareció el cuarto y último de los que llegarían a la casa, precisamente cuando Stiopa, que había ido deslizándose hasta el suelo, arañaba el marco con su mano sin fuerzas.


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