El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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«Pero ¿qué me pasa? ¿No me estaré volviendo loco? ¿A qué se deben estos espejismos?», y gritó asustado buscando en el vestíbulo:

—¡Grunia! ¿Pero quién es ese gato? ¿De dónde sale? ¿Y el otro?

—No se preocupe, Stepán Bodgánovich —se oyó una voz que no era de Grunia, sino del invitado, que contestaba desde el dormitorio—. El gato es mío. No se ponga nervioso. Grunia no está, la he mandado a Vorónezh. Se me quejó de que usted se estaba haciendo el distraído y no le daba vacaciones.

Estas palabras eran tan inesperadas y tan absurdas que Stiopa pensó que no había oído bien. Enloquecido, echó a correr hacia el dormitorio y casi se convirtió en una estatua de sal junto a la puerta. Se le erizó el cabello y le aparecieron en la frente unas gotas de sudor.

Su visitante ya no estaba solo en la habitación. Le acompañaba, sentado en otro sillón, el mismo tipo que apareciera en el vestíbulo. Ahora se le podía ver bien, tenía unos bigotes como plumitas de ave, brillaba un cristal de sus impertinentes y le faltaba el otro. Pero aún descubrió algo peor en su propio dormitorio: en el pouf de la joyera, sentado en actitud insolente, un gato negro de tamaño descomunal sostenía una copa de vodka en una pata y en la otra un tenedor, con el que ya había pescado una seta.


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