El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Precisamente cuando Stiopa perdió el conocimiento en Yalta, lo recobraba Iván Nikoláyevich, despertando de un sueño largo y profundo. Eran cerca de las once y media de la mañana. Iván se preguntaba cómo había ido a parar a aquella habitación de paredes blancas, con una extraña mesilla de noche de metal claro y en la ventana cortinas blancas que filtraban el sol.
Movió la cabeza para convencerse de que no le dolía y recordó que estaba en un sanatorio. Este pensamiento le trajo a la memoria la muerte de Berlioz, pero ahora, por la mañana, ya no le causó tan fuerte impresión. Después de haber dormido, Iván Nikoláyevich estaba más tranquilo y con las ideas más claras. Permaneció inmóvil durante unos instantes en la limpísima y cómoda cama de muelles, y de pronto descubrió a su lado el botón de un timbre. Lo apretó, porque tenía la costumbre de tocar, sin ninguna necesidad de hacerlo, los objetos que estuvieran a su alcance. Esperaba oír el timbre o que apareciera alguien, pero lo que sucedió fue algo muy distinto.
A los pies de la cama se encendió un cilindro mate en el que estaba escrita la palabra «Beber». Empezó a girar hasta que salió la palabra «Empleada». Como es natural, el ingenioso cilindro sorprendió a Iván. Después, el cartel de «Llame al doctor» sustituyó a la palabra «Empleada».