El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Pues no —contestó la mujer con orgullo—, mucho mejor que allÃ. Vienen médicos y cientÃficos expresamente para estudiar nuestro sanatorio. Incluso «inturistas» nos visitan todos los dÃas.
¡«Inturistas»![12]. Esta palabra le hizo recordar al consejero que conociera el dÃa anterior. La cara de Iván se oscureció repentinamente y dijo, observando a la mujer con el rabillo del ojo:
—¡«Inturistas»! Estáis locos con los «inturistas». Pero le aseguro que entre ellos hay gente muy curiosa. Precisamente ayer conocà yo a uno que era una maravilla.
Faltó muy poco para que se pusiera a contarle lo de Poncio Pilatos, pero se contuvo porque comprendió que no conducirÃa a nada, que ella no le podrÃa ayudar.
Cuando Iván salió del baño, encontró todo lo que un hombre en esas circunstancias puede necesitar: camisa planchada, calzoncillos y calcetines. Pero esto no era todo, porque la mujer abrió un armario y, señalando a su interior, preguntó a Iván:
—¿Qué prefiere, un batÃn o un pijama?
Iván, sujeto a la fuerza a su nueva residencia, por poco pega un salto de asombro ante el desparpajo de la mujer. Apuntó con el dedo a un pijama de franela roja.