El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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A todo esto, Iván esbozaba una sonrisa amarga como para sus adentros y pensaba que todo estaba resultando muy raro, absurdo. ¡Quién se lo iba a decir! Había querido advertirles de la amenaza de peligro que representaba el desconocido consejero, intentaba detenerlo y lo único que consiguió fue encontrarse en un misterioso gabinete, hablando de su tío Fédor, que en Vólogda se dedicaba a beber como una cuba. ¡Qué estupidez tan inaguantable!

Por fin terminaron con él y le acompañaron a su habitación, donde le sirvieron una taza de café, dos huevos pasados por agua y pan con mantequilla. Comió y bebió todo lo que le habían ofrecido; después decidió esperar al que dirigiera aquella institución y reclamar de él atención y justicia.

Su espera no fue larga, porque el director apareció en seguida. De pronto se abrió la puerta del cuarto de Iván y entró un grupo de personas con batas blancas. Les precedía un hombre cuidadosamente afeitado, como un actor, de unos cuarenta y cinco años, con ojos simpáticos, pero muy penetrantes, y de correctos ademanes. Todo el séquito daba muestras de atención y respeto al director, por lo que su entrada resultó muy solemne. «¡Igual que Poncio Pilatos!», pensó Iván.

Sin duda alguna era el más importante. Se sentó en una banqueta; los demás permanecían de pie.


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