El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—¡Si ya se ha ido! —gritaba el intérprete—, ¡ya está en camino! ¡El diablo sabrá por dónde anda ahora! —y agitó los brazos como si fuera un molino de viento.

Nikanor Ivánovich quería ver al extranjero personalmente, pero recibió una rotunda negativa:

—Imposible —dijo el intérprete—. Está ocupadísimo. Amaestrando al gato. Eso sí, si usted quiere puedo enseñarle el gato.

Nikanor Ivánovich se negó. Y el intérprete le hizo una propuesta inesperada: teniendo en cuenta que al extranjero no le gustaba en absoluto vivir en hoteles y estaba acostumbrado a vivir a sus anchas, ¿no podría la comunidad de vecinos alquilarle todo el piso, incluyendo las habitaciones del difunto, durante una semana, es decir, el tiempo que permaneciera en Moscú, cumpliendo su misión?

—Al difunto seguro que le da igual —susurraba Koróviev—, porque no me negará, Nikanor Ivánovich, que el piso ya no lo necesita para nada.

Nikanor Ivánovich estaba algo desconcertado. Alegó que los extranjeros tenían que vivir en el Metropol, no en casas particulares.


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