El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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El presidente, medio mareado, alteradísimo, se encontró en la escalera. Tenía en la cabeza un tremendo remolino de ideas. Pasaban por su mente el chalet de Niza, el gato amaestrado, la idea de que verdaderamente no hubo testigos y que Pelagia Antónovna se pondría muy contenta con el vale. Eran sensaciones incoherentes, pero agradables. Pero algo le perturbaba en el fondo de su alma, algo parecido a unos pinchazos. Era su conciencia intranquila. Y, ya en la escalera, una idea repentina, como un golpe, le cruzó por la mente. ¿Cómo había entrado el intérprete en el despacho, si la puerta estaba lacrada? ¿Y por qué no se lo había preguntado él mismo? Durante un momento se detuvo mirando fijamente con cara de borrego los peldaños de la escalera, luego decidió mandarlo todo a paseo y no atormentarse más con cuestiones complicadas.

En cuanto el presidente hubo abandonado el apartamento, salió una voz baja del dormitorio:

—No me gusta nada ese Nikanor Ivánovich. Es un fresco, un tunante. ¿No podríamos hacer algo para que no vuelva más?

Messere, bastaría con una orden suya… —respondió Koróviev, pero con una voz no cascada, sino limpia y sonora.

A los pocos segundos el condenado intérprete entraba en el vestíbulo; marcó un número y se puso a hablar con voz acongojada:


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