El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—¡Qué cosas tiene! —rugió Koróviev—. ¿Cuántos quiere? ¿Doce, quince?

El perplejo presidente explicó que necesitaba sólo dos, uno para él y otro para Pelagia Antónovna, su mujer.

Koróviev sacó inmediatamente una libreta y firmó un vale para dos en la primera fila. Le alargó el vale a Nikanor Ivánovich con la mano izquierda, mientras ponía con la derecha un crujiente y grueso paquete en la mano del presidente. Nikanor Ivánovich echó una mirada al paquete, se puso rojo y lo rechazó con la mano.

—No, no, por favor, eso no está permitido —murmuró él.

—¿Cómo que no? —le decía Koróviev, al oído—. Nosotros no lo hacemos, pero los extranjeros sí. Si no lo acepta se va a ofender, Nikanor Ivánovich, y eso no sería conveniente. ¡Ha hecho usted tanto!…

—Se castiga severamente —articuló el presidente en voz bajísima y mirando en derredor.

—¿Y dónde están los testigos? —le susurró en el otro oído Koróviev—. Dígame, ¿dónde están?

Y entonces, como más tarde explicaba el presidente, sucedió un milagro: ¡el paquete, solito, se metió en su cartera!


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