El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Cinco minutos después, el presidente estaba tranquilamente sentado a la mesa de su pequeño comedor. Su mujer le trajo de la cocina un arenque cuidadosamente partido y cubierto de cebolleta verde. Nikanor Ivánovich se sirvió un vaso de vodka que bebió en seguida, se sirvió otro y se lo tomó y pinchó con el tenedor tres trocitos de arenque… En ese momento sonó el timbre. Pelagia Antónovna traía una cacerola humeante. Con una simple mirada se daba uno perfecta cuenta de que en medio del «borsh» en llamas había algo de lo más apetitoso, un hueso con tuétano. Nikanor Ivánovich tragó saliva y gruñó como un perro:
—¡Que se vayan al cuerno! ¿Es que no me van a dejar ni comer? ¡Que no entre nadie! ¡Di que no estoy! Si vienen a preguntar por el piso, cuéntales que habrá reunión la semana que viene, ¡que me dejen en paz!
Su esposa corrió al vestíbulo y Nikanor Ivánovich, con un cucharón en las manos, empezó a sacar el hueso con una raja a lo largo, en el mismo momento en que entraban en la habitación dos ciudadanos, y con ellos, Pelagia Antónovna, muy pálida. Al verlos, Nikanor Ivánovich palideció. Se levantó.
—¿Dónde está el retrete? —preguntó con aire preocupado uno que llevaba camisa blanca. Algo golpeó la mesa del comedor y produjo una detonación: era el cucharón que había caído sobre el hule.