El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—Por aquí, por aquí —dijo rápidamente Pelagia Antónovna.

Los recién llegados la siguieron ligeros al pasillo.

—¿Pero qué pasa? —preguntó en voz baja Nikanor Ivánovich, siguiendo a su vez a los ciudadanos—. En nuestra casa no pueden encontrar nada… Por favor…, me permiten sus documentos…

Uno de ellos le mostró el suyo, sin pararse, mientras que el otro estaba ya en el retrete, encima de una banqueta, buscando con la mano en el tubo de ventilación. Nikanor Ivánovich apenas veía. Descubrieron el paquete, que no contenía rublos, sino unos billetes desconocidos, azules o verdes, con la efigie de un viejo. Nikanor Ivánovich no pudo verlos con claridad; una nube, unas manchas, le cegaban.

—Dólares en la ventilación… —dijo pensativo uno de los ciudadanos, y preguntó a Nikanor Ivánovich con voz suave y amable—: ¿Es suyo este envoltorio?

—¡No! —respondió Nikanor Ivánovich con voz terrible—. ¡Lo han puesto aquí enemigos!

—Sí, eso suele pasar —afirmaba uno, y añadió de nuevo con voz suave—: Bueno, hay que entregar el resto.

—¡No tengo!, ¡les juro que es la primera vez que los veo! —gritó el presidente lleno de desesperación.


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