El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Se precipitó hacia la cómoda, abrió nerviosamente un cajón del que sacó su cartera, mientras gritaba incoherente:
—¡Tengo aquí el contrato… Ese sinvergüenza del intérprete… Koróviev…, con impertinentes!
Abrió la cartera, echó una ojeada dentro, metió la mano… y su rostro adquirió una tonalidad azul; la dejó caer en el «borsh». En la cartera no había nada, ni la carta de Stiopa, ni el contrato, ni el pasaporte del extranjero, ni dinero, ni el vale. En una palabra: nada; bueno, sí, allí estaba la cinta métrica.
—¡Camaradas! —gritaba el presidente frenético—. ¡Hay que detenerles! ¡El diablo está en esta casa!
Quién sabe lo que pasó por la cabeza de Pelagia Antónovna, que juntando las manos y con expresión de asombro, gritó:
—¡Confiésalo todo, Nikanor, lo tendrán en cuenta!
Los ojos rojos de ira, Nikanor Ivánovich levantó los puños cerrados sobre la cabeza de su mujer, lanzando un tremendo alarido:
—¡Maldita imbécil!
Después, casi sin fuerzas, se deslizó sobre una silla, decidido probablemente a afrontar lo irremediable.