El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Cuando Varenuja, con el teléfono descolgado, pensaba adónde podía llamar, entró de nuevo la mujer que trajera el primer telegrama y le entregó un nuevo sobre. Lo abrió con mucha prisa, y al leer su contenido silbó.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Rimski con gesto nervioso.

Varenuja, sin decir una palabra, le alargó el telegrama y el director de finanzas pudo leer: «suplico crean arrojado yalta hipnosis de voland telegrafíen instrucción criminal confirmación identidad lijodéyev.»

Rimski y Varenuja, las cabezas juntas, releían el telegrama; luego se miraron, sin decir palabra.

—¡Ciudadanos! —se impacientó la mujer—. ¡Firmen, y después pueden estar así, callados, todo el tiempo que quieran! ¡Tengo que llevar los telegramas urgentes!

Varenuja, sin dejar de mirar el telegrama, echó una firma torcida en el cuaderno de la mujer, que rápidamente desapareció.

—¿Pero no has hablado con él a las once y pico? —decía el administrador perplejo.

—¡Pero esto es ridículo! —gritó Rimski con voz aguda—. Haya hablado o no, ¡no puede estar en Yalta! ¡Es de risa!

—Está bebid… —dijo Varenuja.


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