El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Iván trabajaba con auténtica dedicación, tachaba lo escrito, incluía palabras nuevas; incluso trató de dibujar a Poncio Pilatos y al gato, caminando este último sobre sus patas traseras. Pero los dibujos no servían para nada, y cuanto más se esforzaba el poeta, más confuso e incomprensible resultaba el informe.

Se divisó a lo lejos una horrible nube con bordes de humo que se aproximaba hasta cubrir el bosque, y empezó a soplar el viento. Iván sintió que se había quedado sin fuerzas, incapaz de hacer el informe, y se echó a llorar amargamente.

La bondadosa enfermera entró a hacerle una visita en plena tormenta y se alarmó al verle llorar; cerró la persiana para que el enfermo no se asustara con los relámpagos, recogió las hojas del suelo y subió corriendo en busca del doctor.

El médico le puso una inyección en el brazo y le aseguró que ya no sentiría deseos de llorar, que todo pasaría y que lo que tenía que hacer era olvidar.

No se equivocó. Muy pronto el bosque del otro lado del río recobró su apariencia habitual y en el cielo, que volvía a ostentar un limpio color azul, se dibujaba hasta el último árbol. El río se calmó. Y muy pronto, después de la inyección, también Iván se liberó de su angustia. Ahora estaba tranquilamente tumbado mirando el arco iris que se había desplegado en el cielo.


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