El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita «Pero ¿por qué me pondrÃa tan nervioso por el atropello de Berlioz? —pensaba—. ¡Que se vaya al diablo! ¡Ni que fuera mi hermano o mi cuñado! Y, bien mirado, yo, en realidad, no conocÃa al difunto. ¿Qué sabÃa yo de él? Nada. Bueno, que era calvo y terriblemente elocuente. Y, ciudadanos —seguÃa su disertación, dirigiéndose a alguien—, vamos a aclarar una cosa: ¿A qué venÃa que yo me enfureciera con ese misterioso profesor, mago o consejero, con un ojo vacÃo y negro? ¿Y la absurda persecución en calzoncillos, con la vela en la mano? ¿Y la ridÃcula escena en el restaurante?»
—Oye, oye —decÃa, en tono severo, el antiguo Iván a este otro nuevo, hablándole al oÃdo desde dentro—, ¡pero si sabÃa de antemano que a Berlioz le cortarÃan la cabeza! ¿Cómo no te ibas a preocupar?
—Pero ¿qué están diciendo, camaradas? —discutÃa el nuevo Iván con el Iván caduco.