El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Inconscientemente, Rimski se llevó las manos al estómago. Todos los presentes se quedaron con la boca abierta y el maquillador, que estaba asomado a la puerta, lanzó un silbido de admiración.
—Este relojito es suyo, ¿verdad? Tenga, por favor —decía el de los cuadros, alargándole el reloj con una mano sucia.
—Con éste no se puede ir en tranvía… —susurraba alegremente el cómico al maquillador.
Pero lo que hizo el gato después causó mucha más sensación. Se levantó del sofá, y siempre caminando sobre sus patas traseras, se acercó a una mesa sobre la que había un espejo, destapó una jarra de agua, se sirvió un vaso, lo bebió, puso la tapadera sobre la jarra y se limpió los bigotes con una toalla de maquillar.
Nadie pudo articular palabra, se quedaron boquiabiertos, hasta que, por fin, el maquillador exclamó entusiasmado:
—¡Que tío!
En ese momento sonó el timbre por tercera vez y todos excitados y presintiendo un número extraordinario, salieron del camerino atropelladamente.