El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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La aparición del eminente invitado produjo expectación general. Vestía un frac de magnífico corte y de una longitud nunca vista, y además llevaba antifaz. Pero lo que más llamó la atención fue su séquito. Acompañaban al mago un tipo muy largo con una chaqueta a cuadros, unos impertinentes rotos, y un enorme gato negro, que andaba sobre las patas traseras y que entró en el camerino muy desenvuelto, arrellanándose en un sofá y entornando los ojos, molesto por la luz de las desnudas lámparas de maquillaje.

Rimski esbozó una sonrisa y su expresión se hizo más agria y hosca. No hubo apretón de manos. El descarado tipejo vestido a cuadros se presentó diciendo que era «su ayudante». El director le oyó con desagradable sorpresa: en el contrato no se hacía mención de tal ayudante.

Grigori Danílovich, con gesto forzado y seco, preguntó al imprevisto ayudante por el equipo del artista.

—Pero, queridísimo y encantador señor director —dijo el ayudante con voz de campanilla—, nuestro equipo lo llevamos siempre encima, ¡aquí esta!, eine, zwei, drei —y moviendo sus rugosos dedos y ante los ojos de Rimski sacó un reloj por detrás de la oreja del gato. Era el reloj de oro del director, que llevaba, hasta entonces, en un bolsillo del chaleco, bajo la abotonada chaqueta, y con la cadena pasada por el ojal.


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