El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Rimski, haciendo un verdadero esfuerzo, descolgó el teléfono a las diez. Sólo le sirvió para convencerse de que no funcionaba. El ordenanza le informó de que lo mismo ocurrió con todos los teléfonos de la casa; era de esperar, pero este hecho, simplemente molesto, acabó de desanimarle, aunque, por otro lado, le servía de disculpa para no tener que hacer aquella llamada.

Una lámpara intermitente se encendió sobre su cabeza, anunciándole el entreacto, y al mismo tiempo entró el ordenanza en el despacho para anunciarle la llegada del artista extranjero. El director de finanzas cambió de expresión, y, más negro que el carbón, se encaminó a los bastidores para saludar al invitado, porque no había nadie más que pudiera hacerlo.

Empezaban a sonar los timbres y el pasillo estaba lleno de curiosos que intentaban husmear por los camerinos. Aquí y allá se veían prestidigitadores con sus batas de colores chillones y sus turbantes, un patinador que llevaba una chaqueta blanca de punto, un cómico con la cara empolvada y un maquillador.




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