El Maestro y Margarita

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Pero los ciclistas se detuvieron exactamente en el momento en que las ruedas delanteras estaban a punto de deslizarse al abismo y caer sobre las cabezas de los músicos. Los ciclistas gritaron: «¡Ap!», y saltaron de sus bicicletas, haciendo reverencias, la rubia tiraba besos a los espectadores y el niño interpretó una graciosa melodía con su bocina.

Los aplausos sacudieron la sala, la cortina azul se corrió, escondiendo a los ciclistas, se apagaron las luces verdes que sobre las puertas indicaban la salida, y, en medio de la red de trapecios, bajo la cúpula, se encendieron unas bolas blancas, como soles.

Al único que parecían no interesar los malabarismos de la técnica ciclista de la familia Giullí era a Grigori Danílovich Rimski. Estaba en su despacho solo, mordiéndose los finos labios, con el rostro convulso.

A la increíble desaparición de Lijodéyev se había sumado la de Varenuja, completamente inesperada.

Rimski sabía dónde había mandado a Varenuja, pero se fue… y no volvió. Se encogía de hombros y decía para sus adentros:

—Pero ¿qué habré hecho yo?

Sin embargo, resultaba extraño que un hombre tan cumplidor como el director de finanzas no llamara al lugar donde había mandado a Varenuja para averiguar qué había sucedido. Pero hasta las diez de la noche no podía hacerlo.


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