El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Un hombrecillo con la nariz de porra, amoratada, con pantalones a cuadros, zapatos de charol y un sombrero de copa amarillo lleno de agujeros salió al escenario del Varietés. Montaba una vulgar bicicleta de dos ruedas. Dio una vuelta al ritmo de un foxtrot y luego lanzó un grito triunfal que hizo encabritarse a la bicicleta.
El hombre continuó con sólo la rueda de atrás en el suelo, se puso patas arriba, desatornilló en marcha la rueda delantera, la tiró entre bastidores y se paseó por el escenario con una sola rueda, pedaleando con las manos. Encaramada en un sillín, en lo alto de un mástil de metal, con una rueda en el otro extremo, apareció en escena una rubia entradita en carnes que vestía una malla y una falda corta cubierta de estrellas plateadas. La rubia empezó a dar vueltas por el escenario. Cuando se cruzaba con ella, el hombrecito gritaba frases de saludo y se quitaba el sombrero con el pie.
Salió, por fin, un niño de unos ocho años, pero con cara de viejo y se metió entre los mayores con una minúscula bicicleta y una enorme bocina de automóvil.
Después de hacer varios virajes, todo el grupo, acompañado por el vibrante redoble del tambor, llegó hasta el mismo borde del escenario; el público de las primeras filas abrió la boca, retirándose, creyendo que el grupo y sus vehículos se abalanzarían sobre la orquesta.
