El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita Y por si eso era poco, el gato saltó al borde del escenario y rugió con voz de hombre:
—¡La sesión ha terminado! ¡Arreando con una marcha, maestro!
El director, casi enloquecido, sin apenas darse cuenta de lo que hacÃa, levantó su batuta y la orquesta, ¿cómo dirÃamos?, no es que empezara a interpretar una marcha, no es que se metiera con ella, ni que se pusiera a darle a los instrumentos; no, exactamente, según la deplorable expresión del gato, lo que hizo fue arrear con la marcha; una marcha inaudita, incalificable por su desvergüenza.
Por un momento pareció oÃrse aquella antigua canción que se escuchaba en los cafés cantantes, bajo las estrellas del sur, de letra incoherente, mediocre, pero muy atrevida:
«Su excelencia, su excelencia
cuida de sus gallinas
y le gusta proteger
a las muchachas finas.»