El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—Si sale al balcón, puede escaparse. ¿O está demasiado alto? —se interesó Iván.

—No —contestó el visitante con firmeza—, no me puedo escapar, y no porque esté demasiado alto, sino porque no tengo a dónde ir —y añadió, después de una pausa—. ¿Qué, aquí estamos?

—Sí, estamos —contestó Iván, mirándole a los ojos, unos ojos castaños e inquietos.

—Sí… —de pronto el hombre se preocupó—, espero que usted no sea de los de atar. Es que no soporto el ruido, el alboroto, la violencia y todas esas cosas. Odio por encima de todo los gritos humanos, de dolor, de ira o de lo que sea. Tranquilíceme, por favor, no es violento, ¿verdad?

—Ayer le sacudí en la jeta a un tipo en un restaurante —confesó valientemente el poeta regenerado.

—¿Y el motivo? —preguntó el visitante con severidad.

—Confieso que sin ningún motivo —dijo Iván azorado.

—Es inadmisible —censuró el huésped y añadió—: Además, qué manera de expresarse: «en la jeta»… Y no se sabe qué tiene el hombre, si jeta o cara. Seguramente es cara y usted comprenderá que un puñetazo en la cara… No vuelva a hacer eso nunca.

Después de reprenderle, preguntó:

—¿Qué es usted?


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